CRISTINA CASTELLO - RICARDO DESSAU
«Porque los hombres, Sócrates, han olvidado la obligación de pensar...»
Miguel Betanzos: SÓCRATES, EL SABIO ENVENENADO
Nosotros, poetas del mundo decimos « ¡Basta!» y decimos «lobos».
« ¡Basta!»: una de las más hermosas palabras poéticas pronunciadas o a ser pronunciadas
aún.
«Lobos». Los poetas somos «lobos esteparios», y nos «organizamos», al modo de los
lobos, no al del hombre lobo del hombre.
«Los lobos sanos y las mujeres sanas... han sido perseguidos, hostigados y falsamente
acusados de ser voraces, taimados y demasiado agresivos y de valer menos que sus
detractores. Han sido el blanco de aquellos que no sólo quisieran limpiar la selva
sino también el territorio salvaje de la psique, sofocando lo instintivo hasta el punto
de no dejar ni rastro de él. La depredación que ejercen sobre los lobos y las mujeres
aquellos que no los comprenden es sorprendentemente similar.” -Clarissa Pinkola
Estés, «Mujeres que corren con los lobos»- .
Nosotros, poetas del mundo, somos lobos en defensa de ese «territorio salvaje» y
sublime que, por fortuna, aún existe debajo de la vida transformada en «Dios
Mercado».
Los poetas del mundo aullamos que la Poesía es opositora, crítica, rebelde y subversiva
por naturaleza.
Que la poesía destruye y se autodestruye en un solo movimiento.
Que se recrea a sí misma, y recrea el mundo permanentemente. Nietszche: «Di tu
palabra y rómpete».
Decimos, con los surrealistas, que la Poesía es libertad absoluta.
Que es imaginación.
Y con el fuego prometeico de León Felipe, en un grito de ángeles, aullamos que la
Poesía es un sistema luminoso de señales.
Aquí nuestro « ¡Basta!», nuestro aullido, nuestras señales.
Y nuestro intento de alas:
1. « ¡He aquí el tiempo de los asesinos!», escribió Rimbaud. Este tiempo se ha
extendido hasta el siglo XXI, se ha profundizado como nunca y, por fin, parece
haberse arraigado en la Tierra para siempre.
2. Nosotros, poetas del mundo, nos revolvemos contra ese «Tiempo de los
Asesinos», como lo hizo la Poesía desde que el primer ser humano alumbró el primer
verso y el primer ser humano dejó su primer trazo en la primera caverna.
3. El Tiempo de los Poetas es el de las Madres dadoras de Vida. « ¡Ah, qué buena
la tierra de mi huerto. Hace un olor a madre que enamora!» (Miguel Hernández).
4. Es el tiempo de la poesía escrita y cantada en femenino, aunque la cólera, la
disonancia, las aberraciones del lenguaje (para los «académicos»), la falta de
«decoro» (para los «bienpensantes»), y la sed angustiosa de reparación dominen, y
nos muestren como retoños de los viejos «asesinos».
5. Las mujeres y los varones poetas del Siglo XXI hemos decidido «matar» con
palabras a los Asesinos con armas. Palabras no regladas por nadie más que por el
propio poeta. Palabras no fraguadas en ninguna fragua más que en la suya: ni siquiera
en la de los dioses, aunque el canto sea un don de ellos, ni menos que menos en la del
lenguaje al uso (o «no lenguaje», en rigor), burda caricatura del Lenguaje Común y,
por tanto, de la Razón Común, que les han sido arrebatados por los Asesinos al
Pueblo convertido en masa.
6. La masa no entiende la poesía; el Pueblo –o lo que aún pueda quedar de él–, sí.
7. La Ilíada o la Odisea eran poemas tan extraordinariamente bellos como populares.
En aquellos remotos tiempos no existía ninguna diferencia entre los griegos, o los
antecesores de los griegos, y sus poetas. Grecia fue primero la Poesía y luego la Filosofía.
Y la Poesía, durante siglos, se transmitió de boca en boca (y así se fundó la
tradición oral), y la Filosofía era discutida en la plaza pública, en el mercado -con
minúscula: tan sólo se trataba del mercado de huevos y gallinas- (y así se fundó la
dialéctica, la discusión razonable tan vituperada hoy por el positivismo, el pragmatismo
o la Razón Técnica).
8. El positivismo, el pragmatismo y la Razón Técnica cumplieron la «misión»
para la que nacieron: despojaron a los seres humanos de su herramienta fundamental:
la posibilidad de decir «No», de criticar, de disentir. Lo despojaron de su
«negatividad», el atributo humano por excelencia, el único que nos diferencia del
resto de las criaturas del universo. Le domesticaron la rebeldía. En suma, nos transformaron
en un «Sí» absoluto. Somos máquinas de admitir, consentir y asentir
«consensos». Reflejos condicionados. La Humanidad se encuentra al borde de un
precipicio cuyo fondo monstruoso no podemos concebir siquiera. « ¡Basta!», bramamos
los poetas del mundo.
9. De las dos dimensiones esenciales que nos constituyen (la del «Sí» y la del
«No»), nos han dejado sólo la primera, porque descarada pero insensiblemente se
robaron la segunda. De ahí que los hombres sean hoy la reproducción fiel de aquel
Hombre Unidimensional del que nos habló por primera vez el filósofo Herbert Marcuse
en 1964.
10. Sin embargo, la Belleza, la Verdad y el Bien (los valores supremos socráticos y
de toda la filosofía que siguió) sólo pueden ser captados en todo su esplendor por el
«No».
El «No» niega la comodidad, la facilidad y la vulgaridad del dato inmediato, los
«hechos». El «No» es símbolo de libertad.
Que la Tierra gira alrededor del sol, y no a la inversa; que el «David» de Miguel
Ángel tiene la perfección de la que no hubiera podido gozar jamás el David real; y
que el «otro», el prójimo, soy yo, constituyen revelaciones, manifestaciones del Ser
que sólo se pueden avizorar más allá de los datos brutos de los sentidos, más allá del
consentimiento ingenuo (del «Sí» asesino) que damos a lo que se nos aparece cotidianamente.
11. Los poetas del mundo seremos los Poetas del «No», o no seremos nada.
12. Para nosotros «la Belleza será convulsa o no será» (Bretón).
13. Ese «No» es «totalitario» en el mejor sentido del término, es decir, es un «No»
«totalizador». Incluye todos los asuntos del mundo humano, puesto que «nada
humano nos es ajeno».
No nos son ajenos ni el amor, ni el erotismo, ni la sexualidad.
Ni la Pasión del Absoluto (Louis Aragon).
Ni las hoy llamadas «guerras».
«Guerras», dicen de las agresiones del Imperio contra los pueblos más débiles de la
Tierra, si son poseedores aún de alguna riqueza que se pueda saquear; o si ocupan
alguna posición estratégica desde el punto de vista de la prosecución de la sagrada
tarea del saqueo de otros pueblos que todavía queden relativamente indemnes. A los
poetas del mundo no nos son ajenas, y las vibramos.
Como no nos son ajenas la miseria crecientemente «globalizada», ni la falsedad de
los también cada vez más globalizados «derechos humanos» que, en realidad, son los
«derechos de los solventes». «Derechos Humanos»: he aquí otra jugarreta con las
palabras, esas palabras que tenemos el deber irrenunciable de defender de todo truco,
de todo pase mágico que pretenda ocultar o deformar la verdad.
14. Los poetas del mundo tenemos el deber de alumbrar auroras. Puesto que nuestro
oficio son las palabras, nuestra obligación -junto a nuestros camaradas creadores
de la ficción literaria- es la de desenmascarar los millones de términos y frases obviamente
falsos que nos «venden» como obviamente verdaderos.
Al igual que en el caso de los tan recitados «derechos humanos», nuestro deber
moral, subversivo, escandaloso, demencial, para el mundo «políticamente correcto»,
consiste en denunciar la ya insoportablemente extendida y normalizada «defensa del
medio ambiente». ¡No! Rechazamos esa bandera cuando, hoy más que nunca, es
enarbolada hasta el cielo por los mismos que depredan el planeta sistemáticamente.
Abominamos también del resto de las banderas negras de los piratas del siglo XXI.
Estas banderas ya no ostentan una calavera con dos huesos atravesados. En una
mueca de puro mentir, nos exhiben los rostros de jóvenes bonitas o fascinantes, según
corresponda, rostros con los que nos venden desde un automóvil hasta la creencia
ingenua de que lo único que les importa a estos Asesinos internacionales, multinacionales
y nacionales es nuestro bienestar o la preservación de la Naturaleza, nuestros
«derechos humanos» y nuestra bendita -pero en el fondo despreciada por ellos- Madre
Tierra.
¡Fariseos! Los poetas del mundo tomamos como ejemplo al Cristo de los Evangelios,
y marcharemos junto a los Pueblos cuando despierten y griten « ¡Basta!», y
echen a los mercaderes del Templo.
El Templo del siglo XXI ya no está en Jerusalén: es la propia Humanidad encadenada
y utilizada como hiedra enmohecida. « ¡Basta!»: Basta de seres humanos condenados
y agradecidos de ser sometidos a las sombras.
15. Los poetas del mundo nos comprometemos al amor.
Porque tenemos la certeza de que ya no se vive el amor en los tiempos del cólera,
sino la cólera despojada de todo amor. Y que por el sexo sin alma, ni vida, ni albores
que nos rodea -virtual, incoloro, inodoro e insípido- , el Eros terminó en mera gestualidad
patética y olvidó toda trascendencia.
El deseo pasó a los objetos de consumo y se consumió en ellos. Renunció al deleite
de la comunión de cuerpos, almas y mentes, y convirtió al mundo en un «no lugar»
deserotizado, con hombres y mujeres librados al consumo de su propia soledad.
Nosotros decimos « ¡Basta!» a este «hoy» deserotizado del mundo, donde cada «yo»
es una mónada sin ventanas desde la cual nadie puede comunicarse con nadie. En esta
compra-venta «global» donde también el amor es una mercancía, es hora de decir
-otra vez con Marcuse- que la llamada «Revolución Sexual», que por fin iba a liberarnos
y entregarnos la Felicidad, se convirtió finalmente en la «Revolución de los
Negocios».
La Belleza es nuestro deber.
16. Un mundo sin amor es un mundo sin poesía. Si John Donne, Paul Eluard, Julio
Cortázar, Paul Celan, García Lorca, Miguel Hernández, Nazim Hikmet o Robert
Desnos resucitaran en este siglo «cambalache», continuación y superación insuperable
del «cambalache» anterior, no escribirían, sin embargo, poemas ajenos al erotismo
ni a la excelsitud del amor. Y nosotros, poetas del mundo situados en la más dramática
encrucijada de dos siglos, levantamos sus antorchas y tratamos desesperadamente
de reerotizar el mundo, desde y con nuestra Poesía.
17. «No son restos, son semillas», dijo Tencha Bussi, frente a los «restos» de su
amadísimo hombre y esposo, Salvador Allende.
Y nosotros, poetas del mundo, nos comprometemos en la esperanza, en la
lucha celeste y en la siembra. Para poder decir un día:
* «Cumplimos. Hemos ‘matado’, con palabras, a los Asesinos».
* «Las semillas dieron sus frutos y petrificaron guadañas, para que nunca más haya
mártires. Nunca. Nunca. ¡Nunca Más!»
* « ¡He aquí
Por fin
El tiempo de los que aman!»
[«... y aun cuando el rebaño pudiera vivir amordazado, aun cuando algunos toleraran
o acaso prefirieran la discreción, él, Sócrates, no imaginaba siquiera un mundo
hecho de silencios, un mundo sin la palabra que despierta, que aviva, que estimula,
un mundo en que no existieran los versos de Homero ni las tragedias de Eurípides ni
las historias de Heródoto. No imaginaba un mundo ayuno de voces y palabras, pues
la palabra era como el antiguo fuego que Prometeo había robado a los dioses; la
palabra otorgaba sentido al hombre y le confería un aura sagrada, casi divina, y sin
ella quedaba reducido a una mera criatura salvaje y sentenciada a errar por el
mundo como una sombra». Ibídem.]
Por Cristina Castello y Ricardo Dessau
Buenos Aires, 21 de noviembre de 2005